martes, 3 de noviembre de 2015

Tercer día ñ_ñ.

¡Hola!

Vale, hace algunos días mencioné que estaré participando en una actividad para escritores llamada: Wordvember, así como la de los ilustradores con su Inktober, pero nosotros con letras XD.
Encontré dicha actividad en la red del pollo azul :v, y me parece que fue creada por (diré el nombre que tiene en Twitter ñ_ñ) el escritor de origen Español: M. Floser.
Y bueno, durante todo el mes de noviembre estaré escribiendo historias, ¡wops! Espero lograrlo.
Continuando con esto, ayer no compartí nada por estos lares, pero lo siguiente fue lo que escribí en mi cuenta de Twitter para el día 2 del Wordvember.

"Tuvo una idea graciosa, jugar con las palabras y crear un suculento cadáver exquisito. Su nombre debía ser Wordvember"

Y para hoy, comparto la siguiente historia, ojalá que sea de su agrado. Nos vemos y ¡saludos!


El Monstruario de John

Página 567: Cabezas de llave.


Existen, en el interior de las viejas cerraduras, pequeñas criaturas a las que les gusta mucho comer. Ten cuidado si por la cerradura tú quieres ver, pues te puede suceder lo mismo que padeció el pobre mirón infeliz de la historia que hoy vengo a escribir. ¿Qué le sucedió?, lo mismo pregunté yo.

***

Por motivos vacacionales, Martín había llegado a instalarse como un huésped a la vieja casa de una de las mejores amigas de su tía Susana.
De inmediato, él quedó sorprendido con la hermosura de la sobrina mayor de la amiga de su tía. Carmen observaba a Martín desde la altura del segundo piso de la casa y al cual se podía acceder subiendo las escaleras de piedra labrada que se habían construido justo en medio del gran patio principal.
Cuando la joven hubo reconocido el interés que Martín le profesaba a través de una fervorosa y ardiente mirada, ella escapó del lugar. Se dirigió a la habitación de la puerta roja, la única que tenía una vieja y casi oxidada cerradura de ojo.
Pasaron muchos días y Martín no conseguía entablar una conversación con Carmen. Así que resolvió hacer algo que al menos satisficiera su curiosidad.
Se escabulló una noche, con sumo cuidado; casi de la manera en que lo hacen los gatos, atendiendo que sus pasos no sacudieran el suelo y pusieran en alerta a la presa.
Su corazón latía violento mientras se ponía de rodillas frente a la cerradura de la puerta roja.
La café pupila de Martín se dilató en cuanto percibió una sombra que se alargaba en el interior de la habitación. Sin embargo, pronto se dio cuenta que la sombra no pertenecía a Carmen, así que acercó aún más el ojo a la cerradura.
Y en el crepúsculo que existía al fondo de ella, vislumbró la presencia de pequeñas criaturas de blancos cuerpos y de extrañas cabezas con la figura de un trío de círculos unidos en tres diferentes tamaños y que, además, también tenían otros círculos en color azul.
Martín distinguió a una de las criaturas, quien hacía ademanes para llamar al resto de compañeros. Pronto hubo una multitud de cosas descoloridas que se movían de acuerdo a cada temblor del ojo de Martín.
Entonces, una de las pequeñas cosas se abalanzó contra la café pupila del sorprendido muchacho.
Relacionó el dolor que sintió con la sensación que produce el pinchazo de una aguja. Así todo se repitió; una, dos, tres, ¡muchas, bastantes veces!
Carmen y Estela se despertaron tras escuchar los desgarradores gritos de Martín. Las mujeres tuvieron tiempo para ver cómo el muchacho se propinaba golpes en el rostro, para luego, tropezar con sus pies y rodar por las escaleras.
Estela se apresuró a socorrerlo, pero las pataletas y los golpes que el joven lanzaba impedían que la mujer pudiera acercarse a él.
Más tarde, Martín quedó tendido en el suelo, balbuceaba palabras que Estela no podía entender.
A pesar de que le había dicho que no se acercara, Carmen se atrevió a desobedecer las órdenes de su abuela y dio unos pasos bastante cerca del muchacho. Gritó horrorizada, tirando la vela con la que alumbraba su camino. El cilíndrico artefacto rodó y antes de extinguir el fuego de su delgada mecha, iluminó el rostro de Martín… Donde antes hubo ojos, ahora sólo quedaban dos cuencos inundados con sangre. El líquido rojo escurría de los agujeros, empapando la cabeza del joven y dispersándose por el patio de la casa donde se encuentra una puerta roja con una cerradura, hogar de las pequeñas criaturas a las que les encanta devorar ojos.

Ten cuidado, si por la cerradura, tú quieres ver.

*Imagen o fotografía, próximamente*





                 
                  Texto: Noodle Kattepón Váiz.

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