jueves, 8 de octubre de 2015

¿Te gustaría conocer a Cybil Troy?

¡Hey!, pues Noodle Kattepón Váiz regresa a reportarse por estos lares :v. Y bueno, la siguiente historia que hoy vengo a compartir, es parte de un intercambio creativo que pacté con uno de mis estimados amigos ilustradores (deja eso de que es ilustrador, ¡también es Mangaka! XD :3). Vale, regresando al tema, la siguiente imagen fue la que él dibujó, basándose en la descripción que le di.

 Awww, mi loquillo favorito Brain K es el protagonista de la ilustración.


Y bueno, Taidana, antes que nada... ¡disculpa la demora! T-T. Ojalá que la historia sea de tu agrado, al igual que el garabato que elaboré para acompañar la aventura de una Maid Loli que...



Carne

Para; Josué Nibardo “TaidanaNeko” Díaz Cruz.


Les doy la más grata y cordial bienvenida al relato de la siguiente historia, historia que da comienzo en el Dolita. Un pequeño y muy popular restaurante que se encuentra alojado en el interior de un antiguo inmueble con cierto estilo que recuerda a algún palacio japonés. La especialidad de esta casa, es la alta cocina de los buenos cortes de carne, acompañados con el exquisito vino que sólo saben preparar las doncellas que atienden el Dolita. Sin embargo, y aunque muchos comensales intentan negarlo, la gran verdad, es que ellos visitan el establecimiento porque desean admirar la presencia de una Maid en particular: Cybil Troy. Una joven que apenas ronda los trece años de edad. Poseedora de una blanca piel, de un cuerpo con figuras exactas, además de un increíble natural anaranjado en el cabello y un impactante lila en los ojos. Aquellas cualidades, la han convertido en la pequeña celebridad del sitio.

Sid quedó impresionado con ella, y es que Cybil lucía en realidad encantadora. Ataviada en ese coqueto traje de sirvienta, brincando alegre entre mesa y mesa, repartiendo sonrisas y galletas de la fortuna.
El señor Sid agradeció con suma infinidad el que Milo ―uno de sus mejores amigos―, le llevara aquel trozo de papel. Una propaganda en que la foto de Cybil, anunciaba lo mejor de aquel restaurante.
»―Y la carne es deliciosa. Ya lo verás querido amigo, no te arrepentirás ―recordaba Sid mientras sus perplejas y azabaches pupilas se perdían entre cada paso de la involuntaria danza de Cybil. La joven sirvienta trajo a la cabeza de Sid, las memorables tardes en la casa de su abuelo. Ese lugar en que él había aprendido a que las Mariposas fueran suyas.
―Señor, ¿gusta una galleta?
―Sí. Muchas gracias, preciosa ―respondió Sid mientras tomaba una. La sonrisa de Cybil, le dio ánimos para que él se atreviera a dar una rápida y breve caricia al anaranjado cabello de la Maid. La jovencita rió aún más, y gracias a ello, Sid tomó la determinación de convertir al restaurante en una de sus paradas favoritas. Sid asistía al lugar con frecuencia, especialmente por las noches, ya que había descubierto que la ruta hacia el restaurante, también le servía como un atajo para llegar más rápido a su casa después del trabajo.
Tantas noches de pasar por el Dolita, hicieron que Sid se percatara de una extraña costumbre que Cybil tenía. Ella solía salir en la madrugada y hasta altas horas de la noche, se la pasaba jugando en un parque cercano al restaurante. Sid no comprendía cómo la madre de la criatura podía dejarla corretear en ese lugar tan tarde.
¿Acaso creía que ese maldito perro era lo único que la hermosa chiquilla necesitaba para estar a salvo de las garras que aparecen en la noche?
Si tan solo él fuera el protector de aquella linda creación, se aseguraría de que siempre estuviera a salvo. Sí, como guardián, la colmaría de amor y protección. No la expondría a los peligros del mundo. La atesoraría, como al resto de las Mariposas.

Como todos los días anteriores, Troy salió del Dolita exactamente a las once de la noche. Repitió la costumbre que tenía: sentarse en el segundo peldaño de la escalera principal del restaurante y ahí, proporcionó alimento al Pastor Alemán que siempre la acompañaba. Acto seguido, sujetó una cadena alrededor del cuello del perro y juntos se alejaron.
Mientras la pequeña sirvienta daba saltos por las rígidas atracciones del parque, llamaba con frecuencia al tercero; Pablo. Pobre niña, debía sentirse muy sola como para crear a gente que sólo ella podía mirar.
El hombre echó un vistazo a su reloj, faltaban diez minutos para que fueran las tres de la madrugada. Respiró hondamente antes de subir las ventanas del automóvil. Repasó los labios con su lengua y se aseguró de que el secreto bajo su gabardina estuviera en el lugar correcto. De pronto, los golpecitos que alguien dio al vidrio derecho del auto, hicieron que el pecho de Sid experimentara una sensación fría que lo recorrió de la cabeza a los pies.
―¿Hola? Buenas noches ―mencionó la tenue voz de una chica.
Aunque algo nervioso, Sid decidió bajar el vidrio, pronto se topó con el rostro de la joven que siempre recibía a los comensales del restaurante.
―¡Hey! ―volvió a saludar, mostrando una gran sonrisa―. Disculpe, ¿de casualidad no tendrá un cerillo que me obsequie? Muero por tirarme una fumada, pero mi encendedor se ha quedado vacío.
―Ahh, pues… sí ―contestó el sorprendido hombre. Miró de reojo hacia el parque, la presencia de Cybil no era notoria, pero él estaba tranquilo; porque el aire de la noche arrastraba hasta sus oídos los ladridos del Pastor Alemán. Troy estaba escondida, sólo esperaba que no se fuera. Ojalá que la intrusa se largara pronto, o de lo contrario…
―¿Tú eres Sid, no?
―¡¿Qué?! Ehh, sí, sí.
―Ja, ja, ja, ja. ¿Sabes?, eres uno de nuestros clientes favoritos. Nadie es tan espléndido como tú. Por eso las chicas peleamos por atender la mesa donde comes. Nos gustas mucho Sid, en especial tus propinas.
―¿En serio?
―Por supuesto. Brrrr; hace mucho frío, ¿me invitas a pasar?
Sid había quedado estupefacto, no sabía qué hacer, así que luego de pensárselo unos minutos, decidió acceder a la petición de la joven.
―Muchas gracias, ¡vaya, qué cómodo se está aquí! ―dijo, frotando las manos sobre sus bronceadas piernas―. Por cierto, ¿qué haces aquí, Sid? Ya es muy tarde, ¿no lo crees?
―Sólo me detuve para acomodar algunas cosas.
―Ya veo, ¿gustas uno? ―le invitó, acercándole una cajetilla de cigarros.
―No, gracias.
―¿Me permites fumar aquí?
―Claro, no hay problema ―le respondió Sid. Ella dio tres bocados y sacó el humo de manera un tanto escandalosa.
La presencia de la joven, parecía haber alterado el paso del tiempo a algo sumamente pesado y tedioso. Sid comenzaba a irritarse. Sin embargo, no encontraba una excusa para decirle que se fuera.
Por dentro, la rabia le estaba devorando. La bestia se alimentaba con el paso de los minutos del reloj, ¡maldita sea!, se supone que tenía que ser la noche especial, y la perra en el automóvil estaba echando todo a perder.
El hombre encendió el auto, y entonces, el ruido del motor se mezcló con la voz de la invitada.
―¿Qué? ―preguntó Sid, disimulando la irritación que lo tenía preso.
Sin perder tiempo, ella se acomodó de tal manera que los rostros quedaron viéndose frente a frente. Luego sonrío, para luego, soplarle al sujeto un poco del humo que tragaba.
―Sí que eres un puto ingenuo.
―¡¿Disculpa?!
―Oye Sid ―dijo, montándosele con habilidad.
―¡¿Qué diablos haces?! ―contestó, sorprendido por la actitud de la chica. De pronto, ella lo sujetó del rostro y lo apretó con algo de fuerza.
―Ella-sabe-lo-que-viniste-a-hacer-esta-noche.


A Sid le pareció haber escuchado las últimas palabras de la señorita como encerradas en un contenedor que creaba un eco lúgubre y distorsionado. Luego, de manera involuntaria, Sid giró la cabeza rumbo al parque.
En un ademán de furia, el Pastor Alemán mostraba su dentadura, pero no ladraba, se mantenía al margen de la situación. Cybil se encontraba en una caja de arena, con la rodilla derecha plantada sobre los granos grises, y la izquierda doblada de cierta manera que la tela de su uniforme de Maid se escurría por ambos lados; dejando al descubierto la piel y la tela de la ropa interior que ella usaba. Una de sus pupilas se distinguía a través del cristal de aumento que Pablo le prestaba para que no perdiera detalle alguno.
―¡Hey, Pablo! Di, piush-puahj.
Todo pasó con rapidez, el Cerdito reaccionó luego de que sintiera que algo frío le empapaba el pecho.
―¡Pujgahhh, huagggg! ―gritó, cayendo al suelo y retorciéndose como un gusano que ha sido partido a la mitad. En la nariz, el clavo que le había atravesado ambas narinas, aún seguía caliente. El plateado cuerpo, no era impedimento para que la sangre se escapara del tercer agujero en la nariz. Parecía un marecito rojo, escandaloso que delineaba sus olas entre los inestables movimientos del cuerpo de aquel Monstruo.
―¡Huuuuu, sí, ja, ja, ja, ja! ―rió Cybil, elevando a Pablo; la pistola de clavos para concreto que la Maid utilizaba  para liquidar a sus presas―. ¿Este animal es Sid?, ¿qué le pasó? Creí haber escuchado que era una bestia muy inteligente ―habló Cybil, pateando la pistola que había caído al suelo―. Un silenciador, eh. ¿Para qué lo querías? ¡Oh, ya! Pensabas cargarte a Wolter. Cerdito malo, malo, malo ―reprochó Cybil, esperando una respuesta, pero, la sangre estancada al fondo de la nariz y la boca, no dejaban que la presa respondiera. 
Al percatarse que Troy le apuntaba de nuevo, tuvo un poco de fuerzas para empujarse en reversa. A los pocos pasos, la joven que había subido al auto, bloqueó su camino. Tembloroso, el Cerdito giró para regresar al punto del que se había alejado, sin embargo, la chica volvió a interponerse. Se hincó ante él, dio un golpecito a la punta del clavo y tranquilamente dijo: ―Es un lindo cerdo. Me encargaré de lo demás, no llegues tarde.
―¡Descuida Petro!, regresaremos más pronto de lo que crees.

Se supone que tenía que ser la noche. Y sin en cambio, el hombre se encontraba correteando por las estrechas calles del parque donde Troy jugaba.
Para él, le resultaba extraño que una persona, así, de la nada, se hubiera convertido en un pequeño animal de cuatro patas y de un color rosa que se apresuraba a encontrar un refugio que lo resguardara de la lluvia de clavos que le caía encima. Ya tenía clavados algunos; en las piernas, los brazos y sobre una oreja.
―Corre, ¡corre pequeño cerdo! ―gritaba la suave y melódica voz de Cybil.
Hábilmente, y desde las alturas de un juego pasamanos, Troy disparó un clavo que acertó en la pierna derecha de la presa. La jovencita volvió a proyectar otro clavo, pero este calló muy cerca de un pie del Cerdito, lo que hizo posible que el sujeto perdiera el equilibrio.
Aunque tambaleante, la presa pudo incorporarse y tomar rumbo hacia el área del parque en que se encontraban las esculturas de rechonchos animales. Extasiándose con sus propias palabras, Cybil gritó con tremenda alegría: ―¡Hey, ¿por qué no quieres jugar conmigo, ehh?! ¡¿Acaso no era uno de tus planes?!
―¡Alto!, ¡por favor! ―respondió la presa, escondiéndose tras la figura de un rechoncho hipopótamo.
―Entonces, sí hablas ―se escuchó la voz de Cybil desde lejos.
―Po-por favor… ya no más… lo- ¡lo lamento!
―Es lo que siempre has dicho.
Aterrado, el Cerdito echó una mirada rumbo al cielo. Troy se encontraba ahí, de pie sobre la gorda escultura.
―¿Sabes por qué te has convertido en un cerdo? ―le preguntó, mirándolo con seriedad.
―Yo-yo…
―Porque siempre lo has sido. Eres un maldito depravado, un pervertido que guarda sus retorcidos secretos tras una pared en el closet de la habitación donde duerme.
―¡¿Pero, cómo?!
―¿Cómo?, la verdad, es que también me gusta conocer a todos los que me admiran, especialmente si son como tú. Los acompaño a todos lados Sid, observándolos todo el tiempo; cuando se atragantan con la comida, cuando se marean con los tragos del vino, cuando se les endurece el cuerpo. Sí, como tú, cuando pasas horas frente a los cuadros de tu habitación secreta; imaginando lo que me harás mientras jugueteas con el paquete que llevas entre las piernas.
―En-tras-te a mi ca-sa.
―Maldito cerdo ―agregó Cybil, colocando uno de sus lilas ojos de nuevo sobre la mira de Pablo.
Sin pensarlo dos veces, la presa volvió a correr.
―¡Eso, intenta huir, pero no te olvides, que son todas las Mariposas, las que hoy claman por tu cabeza!
¡Hey, Pablo! Di, piush-puahj.

Y mientras un clavo atravesaba el cráneo de Sid… él recordó a las Mariposas. Cada cuadro de madera con fondo color ocre y con un lepidóptero sujeto en medio, representaba a una de las tantas chicas a las que había tocado con brutal fuerza. Y en sus agonizantes horas, vio a la mariposa que ocupaba el cuadro más grande de la colección, aquel que pertenecía a Lady, la virgen más sublime que pudo poseer.
La bella chica había comenzado una amistad con Sid, se conocieron el día en que ella fue a inspeccionar la tierra de los jardines de la casa del abuelo donde el Cerdito pasaba las vacaciones de las épocas escolares.
No fue de sorprender que la mirada de ambas bestias se posara sobre Lady, así que lanzaron apuestas. El mejor se la llevaría.
Y entonces fue el encanto y la juventud de Sid lo que hizo que Lady lo considerara. Era un buen amigo, dulce y gentil. Pero, entonces, la bestia ya no se conformó con las tímidas sonrisas, los encuentros casuales y las caricias robadas por accidente.
Lady fue la única que logró crear algo en el interior de Sid. Aquella tarde, un extraño sopor lo invadió por completo en el mismo instante en que terminaba de vaciar su maligna semilla y mientras el brillo de los ojos en Lady se dilapidaba al compás del leve avance del aire en sus pulmones. Cuando sus delgadas manos dejaron de rasguñar la piel de la bestia, y éstas cayeron sobre las flores y el pasto, Sid experimento una rara tristeza. Desde el fondo de su corazón, deseó que ella nunca se hubiera ido. La sacudió un par de veces, la abofeteó, clamo su nombre, pero Lady se había marchado. Sus caricias, su sonrisa, el aroma de su largo cabello oscuro.
―La-La-Lady…
―¿Cómo te atreves, a pronunciar su nombre?
―No… “Quería-hacerle-da-ño”
―Basura, no sabes el asco que me dan las personas como tú. Cerdo hipócrita ―mencionó Cybil, abriéndose de piernas frente al rostro de Sid. La Maid volteó por un momento y luego prosiguió―. ¡Ja! Veo que aún te provoco emoción. Qué raro es el cuerpo humano, ¿verdad?, aunque se encuentre en realidad jodido, no deja de resistirse a una de sus necesidades más primitivas. Bueno, cortémosle las alas ―finalizó la pequeña Lolita, disparando un trío de clavos al miembro de Sid. El sujeto se retorció un poco antes de recibir el último tiro que terminó con la poca actividad que aún existía en el interior de su cerebro.
―¿Sabes Pablo?, en verdad me gustaría saber qué es lo último que los cerdos piensan ―habló Cybil, la joven inspecciona de muy cerca los ojos de Sid. Podía ver su tierno reflejo sobre ellos.
―Grrr… ¡guau, guau!
―¡Oh, sí! Prometimos no llegar tarde.
―¡Guau, guau! ¡Guau!
―Vamos chico, ayúdame.

El ruido de las ruedas de la carreta que Wolter tira, sirven como el timbre que ordena a las puertas del Dolita abrirse de par en par. La bestia que ha cazado Cybil Troy ha llegado, y es tiempo de que las doncellas afilen los cuchillos.
Que retumben las voces de los sartenes y las cacerolas, que ardan los fogones de las parrillas y los hornos. Que las doncellas desgarren la piel, que corten y expriman la carne. Que chisporroteen los trozos sobre la mantequilla y los condimentos. Que crujan los huesos, regando al interior de los barriles hasta la última gota del rojo elixir que ha de convertirse en el vino que embriague los sentidos de aquellos hombres que tengan espíritu de cerdo.







 Ilustración "Brain Kaiju": Taidana Neko.
Texto e imagen azul: Noodle Kattepón Váiz.

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