lunes, 26 de octubre de 2015

La casa de Berenice.

¡Hola!
Kattepón Váiz reportándose por estos lares :v.
Bueno, la siguiente historia se me ocurrió durante una visita al mercado (XD). Frente a las instalaciones de aquel lugar; se halla una casita que según me dijeron algunas personas, sólo es visitada por los dueños de vez en cuando; ya que ellos viven en otro estado, en fin.
Ese hogar tiene aires de melancolía y de cierta manera, inspira a imaginar cosas. Yo pensé en la historia de un joven que mira siempre a través de la ventana...



Vía salada

Noodle Kattepón Váiz.

Falta poco para las seis de la mañana, en unos minutos más; llegará la joven de labios rojos, acompañada de su fiel capa azul y sobre su cabeza una boina clásica. Esperará con paciencia el autobús que la llevará a quién sabe dónde. Me pregunto qué tipo de peinado lucirá esta mañana, tal vez una coleta o un chongo enredado con un listón. Hoy es una mañana fría, probablemente también llevará la bufanda enredada a la mitad de su rostro.
     Ella se detiene justo debajo de la lámpara que alumbra la calle en la que se encuentra mi casa. Mientras espera, la joven voltea a la ventana de vez en cuando. Siempre recorro la cortina, asustado de que se haya percato de mi espía presencia.
     Se escuchan los tacones golpear el pavimento de la calle. ¡Ahí está!, mi corazón late con fuerza, ojalá pudiera levantarme de la silla de ruedas que me tiene encadenado desde hace años, y salir más allá de la puerta principal de mi casa. Ojalá pudiera platicar con ella, quisiera conocerla mejor.
     Se acerca el autobús, lo escucho. Sólo tengo unos segundos para ver trepar a la joven. El bus se va perdiendo en la oscuridad de la carretera, alejo más las cortinas, estirando el cuello para ver las parpadeantes luces traseras del autobús que se lleva todas las mañanas a esa bella persona.
     ―¿Cuántas veces te he dicho que no tuerzas el cuello de esa manera?, te dará tortícolis.
     ―No exageres, me asomo un poquito.
     ―Sigues admirando a la muchacha de la mañana, ¿cierto?
     ―Por supuesto que no ―respondo apenado a Berenice.
     ―Escucha… tú… bueno. Regresaré a la cama, deberías hacer lo mismo.
     ―Ya no tengo sueño, intentaré recoger ciruelas en el jardín.
     ―No seas tonto, con este horario no podrás ver nada, además no quiero que molestes a Napo, ya sabes lo nervioso que se pone cuando te ve.
     ―¿Por qué no me quiere ese perro?, es un tonto. Pero me cae mejor que tus amigos, ninguno me saluda cuando los traes a casa.
     ―Es que… son tímidos. Vamos, te llevaré a la cama.
     Obedezco a mi querida prima.
     Berenice me ha acompañado desde que sufrí el accidente, todo sucedió rápido. Recuerdo que sentí un fuerte golpe en la espalda, que mis pies dejaron de sentir el suelo y que mi cabeza se partió en trozos pequeños. Pasaron los días y cuando por fin desperté, supe que ya no volvería a caminar. Tuve depresión por meses, sólo lloraba, odiaba que la gente me trajera flores, la casa estuvo llena de ellas por mucho tiempo. Luego llegó mi prima, gritó al verme. Debí tener un aspecto horrible, aunque nos veíamos a diario ella tardó en dirigirme la palabra; primero me veía raro, se asomaba en las habitaciones, husmeaba la casa como inspeccionando la presencia de alguien. Me gustaba aparecer de repente y darle un buen susto. De nuevo pasó el tiempo y Bere se acostumbró a mis bromas, le pregunté el motivo de venir a instalarse en mi casa, respondió que era para hacerme compañía.
     Nuestro hogar está a un lado de la carretera, en las tardes, cuando ya no hay nada qué hacer, nosotros jugamos a inventarle historias a los autos que vemos pasar. Contamos perros y tomamos fotografías de las personas que se asoman al jardín de la casa, les gusta ver los árboles de ciruelas y chabacanos; fue por ellos que conocí a esa joven.
     Como de costumbre, me encontraba cerca de la ventana, un autobús se estacionó frente a la casa, la vi descender, se veía agotada, subió a la banqueta,  colocó la bolsa que cargaba en el suelo, luego puso atención a los chabacanos.   Recuerdo que la joven se aseguro de que nadie la viera para luego estirar una de sus manos y cortar un fruto. Juro, que nuestras miradas se cruzaron, nos vimos hasta que Berenice llegó a interrumpirnos. Desde ese entonces la veo todos los días, las mañanas es lo que más espero y por las noches deseo tener suerte para verla otra vez.
     ―¿Cuándo piensas decirle la verdad?
     ―¿Estás loca?, no voy a decirle nada
     ―Pues de que creo que estás loca; sí. Por lo segundo, él debe saber, aun en su condición no merece crear falsas ilusiones.
     ―¡Rayos! No puedo hacerle eso, cuando se mude de casa se olvidará de ella. Como dice la canción, más allá del sol yo tengo un hogar, un hogar, bello hogar…
     ―Si tu abuela escucha que entonas canciones de la iglesia te mandará al infierno.
     ―¡Ja, ja, ja!
     ―¿Bere? ¿De qué te ríes? ―le pregunto, ella avienta un espejo a la cama.
     —¡Ah! De… nada, estaba practicando mi discurso para la exposición de mañana.
     ―Mañana quiero salir de paseo, que me pegue el sol del medio día, ¿a ti no te aburre estar aquí casi todo el día?
     ―Pues no… mira, no quiero que te sientas mal, recuerda que la gente es cruel y no quiero que se burlen de tu condición.
     ―No te preocupes Bere, ¡ni que fuera el único inválido!
     —Escucha, mañana no podré llevarte a pasear, tengo muchas cosas que hacer en la escuela, pero lo planeamos para el fin de semana, ¿sí?
     ―Hum… está bien, al menos sácame al patio, cerca de la reja.
     —Bueno, pero sólo un rato.
     El comportamiento de Berenice no ha cambiado mucho, siento que a veces goza de tenerme encerrado en la casa, soy el prisionero de una demente jovencita de diecinueve años, una cruel tirana que me niega sentir los rayos del sol. No puedo salir de ningún lado, ni de las pesadillas que asaltan las noches en que intento dormir. Ellas vienen a contarme una historia, siempre ocurre en la esquina que está cerca de casa, veo muchos faros acercarse a toda velocidad, se pierden casi al instante. Hay dedos señalando, risas, pero las escucho lejanas, alguien celebra algo, chocan envases de vidrio, me parece que es refresco, así continúan estas visiones, ahora son pares de manos las que se despiden. Granillos de negra arena crujen por cada paso, son míos, reconozco mis Converse, comienzo a sentir miedo, se acercan los faros, están descontrolados. Camino unos cuantos pasos, despierto espantado en cuanto siento que los huesos de mi cuerpo se quiebran en pedazos. Y Berenice está siempre; viéndome desde lejos, también asustada. Como sorprendida por mis lamentos de la noche. Le pido que se acerque y ella me consuela, limpia el sudor de mi frente, me dice que trate de olvidar, la verdad es que no entiendo qué es lo que debo olvidar.

Es temprano, me asomo a la ventana, ella no ha aparecido en días, tal vez está enferma o se le hizo tarde o se encuentra más allá de la esquina. Pero ya lo decidí, saldré de la casa, aprovecharé el pesado sueño que tiene la estudiante preparatoriana, me presentaré con la joven, hoy deseo saber cómo se llama. Me cuesta un poco salir con la silla de ruedas, pero lo hago, la reja de entrada rechina, la abro despacio, no sea que Berenice decida despertar.
     Ya estoy afuera, el viento es tibio, tiene fuerza, la calle no dice nada, únicamente los grillos cantan. Me asomo, me parece distinguir algo, es un bulto de fierros, ¿tienen flores encima? Conduzco hasta ellos.
     Son cruces, cuatro con exactitud, leo los letreros: el niño Damián Solares, quien falleció a la edad de cinco años, descansa en paz, te aman tus papás.
     El señor Pedro López, partió de este mundo a los ochenta y dos años, te extrañará tu familia.
     Así continúan los letreros, me llama la atención el de la cruz del fondo. Parece el más viejo, me estiro para ver las letras, el horror me invade mientras la silla de ruedas camina lentamente en reversa.
»Alejandro García Estrella. Falleció a los dieciocho años. Amado hijo, hermano y amigo, que encuentres la paz en algún lugar del cielo.
     ―¡¿Qué… qué dice aquí?! ¡Yo… yo estoy vivo! ¡¿Por qué hacen estás bromas?!
     Para ese entonces la silla y yo estábamos a media carretera, vi acercarse los faros de un auto. Grité, igual que el conductor al otro lado mientras intentaba frenar para evitar salirse de la curva, no quería toparse contra la esquina cercana a mi casa, aquella esquina que tiene un montón de cruces.
     Continúo viendo las luces, pienso en esa mentirosa placa que tiene grabada mi nombre encima. Porque yo estoy aquí, a mi manera, pero vivo.

Desperté agitado, estaba en mi cama. Todo normal, como siempre; Berenice viéndome desde lejos. Ella tenía los ojos rojos.
     ―Tuve un sueño horrible… horrible ―le dije mientras recargaba la cabeza en la almohada, era pachoncita.
     ―Tráeme la silla, quiero salir un rato.
     ―Bueno… sabes… tú….
     ―Qué.
     ―Nada.
     ―¿Nada?, ¿por qué siempre actúas extraño?
     ―Pero qué cosas dices, no tengo otra manera de actuar. Veo que estás de un humor fatal, así que luego regreso.
     ―¡Espera!, discúlpame, ¿qué ibas a decirme?
     ―Nada… bueno, quiero… quiero presentarte a una amiga.
     ―No sé si tenga ánimos para eso.
     ―Te alegrará, yo sé que sí.
     Mi prima sale un momento, la escucho decirle a alguien que venga… Y entonces, Berenice me da la mayor sorpresa de mi vida, ha traído a casa a la joven de las mañanas, la que un día cruzó su mirada con la mía. No puedo creerlo, ¡no puedo dejar de temblar!... Es hermosa, yo no sé qué decir.
     ―Hola, soy Bárbara.
     ―Ale-Alejandro…
     Berenice se marcha, es tarde, no sé a dónde va, aunque se oyen voces extrañas en la casa, la verdad es que no pongo atención a nada. La concentración está en Bárbara, quien me sonríe, ha jalado una silla y la ha puesto cerca de mí, platicamos como si nos conociéramos de años.

―Bere, ¿no te da miedo vivir cerca de la vía salada? Muchos accidentes ocurren ahí.
     ―Con sus comentarios aquello realmente parece escalofriante. No pasa nada y lo que sí, creo que se trata de la suerte de cada quien.
     ―La suerte o el muerto que se lleva a algunos infelices.
     ―Por favor, no vuelvas a decir eso… ―responde Berenice, agachando la cabeza―. ¿Saben?, mi primo… fue atropellado por un ebrio que manejaba a exceso de velocidad. Tan cerca de casa… pero bueno.
     ―Hace poco se murió una chava ahí, un accidente de carro, dicen que ella salió disparada por una de las ventanas y terminó rompiéndose el cuello.
     ―Pobre ―responde Berenice.
     “Sé lo que muchos dicen de mí, creen que estoy loca, incluso mi reflejo en el espejo me lo ha dicho, me dicen rara.
     Por supuesto, ellos no entenderían que tengo una capacidad diferente. Puedo ver cosas… cosas así. Mi primo ya no está aquí, y llámenlo superstición, pero es cierto que por su causa muchos accidentes pasan en la esquina, la vía salada.
     Él se me escapa de vez en cuando, sé que no lo hace a propósito, también se asusta al ver su nombre en la placa de la cruz. Sin embargo, esta vez su curiosidad le ha dado suerte, se ha llevado con él a Bárbara, la pobre cree lo mismo que Ale, que continúan aquí, en el mundo vivo.
     Tendré que quedarme a su lado, viendo si es posible que los fantasmas puedan enamorarse. Esperando el día en que los dos se marchen a la casa, más allá del sol.



                               *Ilustración o fotografías, próximamente* 


                              

                              Texto: Noodle Kattepón Váiz (Vakn)

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