miércoles, 21 de octubre de 2015

En el piso había unos bultos.

¡Hola!
Ya casi se acerca una de mis fechas favoritas del año, y con ello me refiero al Día de todos los santos. En mi casa, es costumbre ir a visitar a uno de mis tíos y escuchar las historias de fantasmas y apariciones que él conoce.
Vale, la siguiente historia es una de las redacciones más recientes que he escrito, y fue algo que ese tío me platicó. Así que sin más, los dejo con Don Lucio y lo que él vivió...



El cliente
Noodle Kattepón Váiz.




 Para mi tío, El dragón rojo; guardián de relatos.


Fue muy extraño escuchar la voz de Tomasa en lugar del robótico canto del gallo en el reloj. Mi hija trajo aquel aparato como regalo por uno de mis cumpleaños. Al principio lo usaba para escuchar la radio, pero cuando el sueño se volvió más fuerte que yo, pues no me quedó otra opción más que enseñarme a programar el despertador de ese reloj. Y así me acostumbré al cacareo del gallo. No despertaba hasta que lo escuchaba cantar.
―Despiértate Lucio, quien sabe quién toca la puerta ―decía mi mujer sin dejar de moverme.
―¿Qué?
―Tocan ―susurró ella de nuevo.
Estiré el brazo derecho para alcanzar el reloj. Hice un sobre esfuerzo para abrir los ojos. Aunque borroso, logré distinguir la posición de las manecillas. Eran las seis con cuarenta y cinco minutos de la mañana. Coloqué el aparato en su lugar y dejé escapar un pequeño bostezo. La verdad, aún no quería levantarme; así que permanecí en la cama. No abrí los ojos, esperaba escuchar los golpes que despertaron a Tomasa, pero, no oí nada.
―¿Qué no oyes? ¡Tocan, Lucio! ―dijo mi mujer, en voz baja. Dándome unos codazos en la espalda.
Pensé en los trabajos que no había entregado, no recordaba ninguno que fuera de urgencia. Me extrañé que alguien viniera tan temprano. Mi chamba como el único herrero del pueblo generalmente daba inicio como a eso de las nueve de la mañana.
―¿Quién será?
―En lugar de estar ahí fregando, deberías levantarte a ver ―le contesté de mala gana a Tomasa.
―Pues si no quieres molestias, apúrate.
La obedecí porque no quería seguir escuchándola. Me levanté, busqué las botas bajo la cama; las calcé sin abrochar las agujetas. Estaba abrigándome con la chamarra cuando oí los fuertes golpes que daban al zaguán. Tomasa tenía razón. Sacudí mi gorra antes de ponérmela y salí.
La semi oscura mañana tenía un poco de niebla, del tipo que únicamente se disipa conforme avanzas en el camino.
De nuevo golpearon a la puerta.
―¡Buenos días! ―gritó una voz gruesa y ronca, era la de un hombre.
―¿Quién? ―pregunté desde lejos, pateando una bola de soldadura vieja que estaba en el suelo. La canica dio unos rebotes y fue a estrellarse contra la estructura de la planta de luz.
―Disculpe, ¿aquí vive el herrero?
―¿Viene por un trabajo ya encargado?
―No, quiero un servicio.
―Espéreme.
Al abrir la puerta, me encontré con un hombre alto. Traía puesto un gabán de color gris que tenía bordadas las figuras de perros en tonalidad oscura. La manera en que había acomodado el jarano dificultaba el poder distinguir su rostro. Sólo se podía mirar un poco de la barbilla.
―Buenos días.
―Buenas, ¿qué se le ofrece?
―¿Tú eres el herrero, Lucio Sangrador?
―Yo soy, ¿qué quiere?
―Me dijeron que usted trabaja rápido.
―Depende a lo que quiera.
―Se trata de que abra una puerta; allá, en mi casa. Es que ya me voy, pero no encuentro la llave y me urge sacar algo de ahí, por eso lo vine a buscar.
―¿Qué tiene la puerta?
―Perdí la llave del candado. Vaya a abrir, yo le pago lo que pida, pero vaya, me urge que abra la puerta.
―Bueno, pues ahorita voy.
―Acompáñeme ya. Será rápido.
―¿Por dónde vive?
―De esta calle ―dijo el hombre, señalando al horizonte―, todo derecho, hasta topar casi en la orilla. Es una casa que tiene bugambilias.
―Ah, sí sé por dónde. Ya vete mano, ahorita te alcanzo.
―Bueno, pero no te tardes. Es que me urge que abras la puerta. Yo te pago lo que pidas.
Inclinó un poco la cabeza y luego emprendió la caminata. Yo me quedé ahí, viendo cómo se perdía el hombre entre la niebla.
Regresé adentro, la cocina olía a café, Tomasa ya estaba calentando la olla con el líquido negro. Y éste burbujeaba; haciendo que los granos machacados tronaran en el fondo.
―¿Quién era?
―Un viejo, quiere que le vaya a abrir una puerta.
―¿Tan temprano?
―Sí ―contesté, mirando mi cara distorsionarse entre las olas del café en la olla. De pronto me pareció verlo a él. Sí. Era el hombre, mirándome con algo de rencor a través del café.
Luego, su breve aparición reventó en el último suspiro de una burbuja negra.
«―Pero no te tardes».
―Ahorita regreso ―dije, empacando una segueta en la mochila. Aproveché la lumbre del fogón para avivar un cigarrillo.
―Te regresas pronto ―aconsejó Tomasa, despidiéndose desde el zaguán.
Subí a la bicicleta, rechinaba la estrella mientras pedaleaba, algo lento y con cuidado para no caer en las trampas de la niebla.
Miré hacia adelante y me sorprendió ver que él aún seguía caminando rumbo a su casa. Un vientecillo jugaba con las puntas de su gabán, las barbas se meneaban de un lado a otro.
Incliné la cabeza y apresuré la marcha. Cuando volví a mirar, el cliente ya no estaba.
»―Ya se echó a correr el cabrón ―pensé.
Me detuve frente a la casa, los árboles de bugambilias asomaban sus ramas al exterior y de las flores moradas escurrían gotas de briza, las miré un rato antes de tocar el zaguán. Al tercer golpe se abrió la puerta.
―Pensé que ya no ibas a llegar. Te dije que no te tardaras.
―Disculpa mano, es que no encontraba mi herramienta.
―Vamos pues ―dijo él, acomodando el sombrero en su cabeza.
Caminamos por un gran patio de piso empedrado, en cada extremo se divisaban unas anchas jardineras llenas con distintas flores. Había rosas, geranios y algunos cempasúchiles.
―Pásale ―invitó el cliente.
El interior del cuarto estaba semi oscuro, apenas alumbrado por la luz de unas velas colocadas en cada esquina. Di unos cuantos pasos antes de percatarme que en el piso había unos bultos ordenados en fila. Luego vi que las cobijas en ellos no lograban cubrir los pies.
»―Este canijo tiene visitas. Híjole, pobre gente, haber si no los despierto ―pensaba mientras avanzaba, brincando entre los espacios libres que dejaba cada bulto.
―Mira, es ésta ―indicó el hombre.
La puerta era grande, rústica, hecha con gruesas tablas de madera. Aunque su aspecto parecía algo viejo, se podía olfatear una pasada de Diésel en la madera, como si apenas la hubieran terminado de hacer. Y como había dicho el hombre; estaba asegurada con una cadena ancha y muy oxidada que pasaba a través del grillete de un candado gordo.
Me apresuré a seguetear uno de los eslabones de la cadena. De ese frío cuerpo metálico se sacudía una considerable cantidad de polvo. No tardé en descubrir que la segueta no serviría para nada, así que recogí mis cosas y le dije al hombre que traería unas pinzas para cortar la cadena.
―Me urge que la abras, por el importe no te preocupes, yo te pago lo que quieras.
―Mire, ya lo intenté con la segueta. Mejor me regreso a buscar otra cosa para chingar la cadena.
―Pero te vas a tardar. No, no, ábrela. Es que yo ya me tengo que ir, pero tengo que abrir esa puerta. Es urgente, ábrela.
―Con esto no se puede.
―Por eso te fui a buscar. Nada más es que abras la puerta y ya está. No hay tiempo, me tengo que ir.
―Voy rápido y vengo.
El hombre tosió un poco antes de responder.
―Pues haber si me alcanzas, porque yo ya casi me voy.
―¡No me tardo! ―contesté, ya brincando entre la gente.
Ni siquiera me preocupé porque alguien se tropezara con la bicicleta que dejé tirada en la calle.
Me apresuré a recoger unas pinzas del taller y de nuevo emprendí la marcha. Para ese entonces, la niebla ya se había disipado. Toqué fuerte la puerta; una, dos, tres, cuatro veces. Pero nadie salía.
Silbé fuerte y repetí la tanda de golpes, incluso espiaba por una de las rendijas del zaguán para ver si el cliente ya venía.
―Buenos días, tu canijo ―escuché tras de mí. Era uno de mis amigos, arreaba a sus mulas para que se calmaran. Estaban algo locas, hacían igual que cuando ven a una serpiente y resoplan para ahuyentarla.
―Buenos días, ¿ya te vas al campo?
―Sí, ¿qué haces ahí?
―Vine a hacer una chamba.
―¡¿Qué estás borracho o qué?!
―No, ¿por qué?
―Ahí no vine nadie, Lucio.
―No chingues cabrón, apenas vine, tengo que abrir una puerta.
―¡Ja, ja, ja! ¡Tas loco tú!, ya deja los pulques; te están volviendo loco. Mira, ahí vivían unas gentes, pero el dueño ya se murió y los demás agarraron camino pa´ la ciudad. Creo que ya no viene ni para vacacionar.
Bueno, ya me voy. Apúrale canijo.
Cuando mi amigo terminó de pronunciar la última de sus palabras, una corriente de aire frío se dejó venir. Arrastró hasta mis pies algunas flores de la bugambilia. Ya no era un árbol vivo, las ramas estaban muy viejas y secas.
Volví a echar un ojo por las rendijas y también noté el abandono de las jardineras. Todo estaba en abandono.
«―¡¿Cómo, pero si yo entré?! Entonces…».
Los rayos del sol matinal iluminaron toda la calle. Agarré la bicicleta y me fui a casa.
―¿Qué? ¿Sí abriste la puerta?
―No ―le dije a Tomasa―. Ya no encontré al cliente.

*Ilustraciones o fotografías, próximamente*





Texto: Noodle Kattepón Váiz (Vakn)

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