viernes, 23 de octubre de 2015

En el azul del hielo.

¡Hola!
Retorno por los lares de Cat machine para compartirles otra de mis historias clásicas. Ésta se me ocurrió luego de que descubriera que mi sobrinita había metido al congelador a una de sus muñecas, le pregunté por qué hizo aquello; y me respondió que la muñeca se portó mal y ese era su castigo O_O.
Miré a la niña y huí del lugar con mucha prisa XD. En fin, los dejo con la historia de una chica llamada Pía y de cómo le dijo a su amiga, dónde encontrarla.
 

Azul

Noodle Kattepón Váiz



Ha pasado una semana, cinco horas, veinticuatro minutos y doce segundos. Y Pía sigue sin aparecer.
     Fue vista por última vez comiendo una bolsita de churros en el parque cercano al cine donde horas antes había ido a ver una película con su mejor amigo Darío.
          Él parece estar bien. En cuanto a salud, ha comenzado a sufrir de algunos episodios de insomnio. Se desvela por las noches hurgando en todas las cuentas de las redes sociales a las que está suscrito, preguntando a familiares, amigos y amigos de los amigos; si alguien sabe algo sobre el paradero de su amiga. Nadie le ha dado una pista, sólo consuelos e imágenes de Dios.
     La policía no hace gran cosa, sólo darnos un montón de copias que tienen los datos y la más reciente fotografía de Pía para esparcirlos por la pequeña ciudad donde vivimos. ¿Cómo puede una persona desaparecer sin dejar una pista? ¿Por qué Pía tendría que desaparecer? Ella no molestaba a nadie. Tenía los problemas de cualquier joven, alguien que a los veintiuno todavía busca su camino en la universidad.
     Igual que nosotros, se quejaba de muchas cosas. Ahora recuerdo que no estaba bien con Viridiana, la novia de Darío. Él había conocido a esa chava en la fiesta de un amigo ―en esos días, Pía se encontraba de intercambio en el gabacho, era un trato por parte de la escuela. Por lo que se perdió algunos reventones―. Dari dijo que fue un poderoso flechazo, era la primera vez que su corazón explotaba por la presencia de alguien, convivió con la chispeante Viridiana hasta que se terminó la fiesta, a todos les pareció alguien genial. Pasaron los días, semanas, y entonces Darío nos llegó con la noticia de que Viri era su novia.
     Las cosas entre ellos fluían bien, al menos hasta el retorno de Pía. Ella nos sorprendió la mañana de un jueves mientras almorzábamos luego de tener cuatro horas de estadística con la profesora Beatriz. Nos dio gusto verla, nos levantamos de las sillas para poder abrazarla, rascarle la cabeza, decirle que la habíamos extrañado mucho. Tal vez no tenía de qué preocuparme por la fría y rencorosa mirada que le echó Viridiana… lo notamos, pero no hicimos caso.
     Darío permanecía al lado de su novia, sonreía mientras observaba a su amiga.
     ―¿Cómo te fue?, desterrada ―preguntó él.
     ―¡Dari, te extrañé! Oye al rato en mi casa, ¿no? ¡Traje un montón de recuerdos!
     ―Claro que sí nena ―respondió Darío mientras se ponía de pie y abrazaba a Pía―. Qué gusto verte de nuevo. Mira, te presento a Viridiana, es mi novia.
     ―Hola ―dijo secamente Viri, sin levantarse. Esquivando la mirada y la mano extendida de nuestra amiga.
     ―Qué onda ―agregó Pía, ella había puesto cara de perro Bulldog, como que la chava no le había caído bien. Sin duda pudo olfatear el desprecio de la noviecilla.
     Lo que sucedió después fue nuestra irritación por el comportamiento hostigoso de Viridiana, se le echaba encima a Darío en cuanta oportunidad tenía, parecía que deseaba que todos viéramos que él era su propiedad, incluso Pía hacía gestos. Ella, que nunca se molestaba porque su mejor amigo llamara la atención de muchas féminas. Es que en verdad es bonito, tiene aires de chico anime.
     Pronto nos dimos cuenta que la relación entre ellas valdría un carajo.
     «―Me caga la madre tu novia cabrón, ni le hice nada y siempre me trata como chancla.
     ―No exageres, es un poco celosita, pero así la quiero, es que no se han tratado debidamente.
     ―Darío, neta, no vuelvas a invitarme cuando ustedes salen, por eso tu vieja se encabrona».
     La última vez que los tres salieron fue dos semanas antes de que Pía desapareciera.


 Carteles pegados en puntos diversos de la ciudad; empiezan a marchitar el pegamento de la cara contraría. En la escuela ya casi no se habla de la desaparecida estudiante, únicamente sus amigos seguimos en la lucha… bueno, casi.
     Darío viene a clases todos los días sin la sonrisa que lo caracteriza. A pesar de eso, la novia de Dari está feliz.
     VIRIDIANA: Deben continuar adelante amigos, no pueden estar sumidos en este asunto, recuerden que también tienen una vida. Gócenla ahora que tienen suerte, nunca se sabe lo que te pasará mañana.
     AMIGO UNO: Es… muy difícil olvidar, tratar de pensar que no sucede nada ¿Es que a ti no te preocupa ni un poquito?
     VIRIDIANA: Por supuesto, pero ya hicimos todo lo posible, sólo queda esperar y continuar viviendo. Piensen esto, es lo que ella hubiera querido, que estemos bien.
     AMIGA DOS: Disculpa que te diga esto Viridiana, pero tus palabras me han calado los huesos.
     AMIGO UNO: ¡Sí! Creo que la penúltima frase aplica cuando alguien ha… muerto.
     VIRIDIANA: No sean estúpidos.
     DARÍO: Comprendo, Viri no quiso ofendernos, debemos continuar con nuestras vidas, pero, tampoco hay que perder la esperanza. Pía volverá.
     VIRIDIANA: Ajá, sí.
     Responde ella, saca su estuche de maquillaje y da unos retoques a su cara.
     Mentirosa, es obvio que no le importan las palabras de Darío. Ella comienza a molestarme, es una bruja maldita.
     ¿Pía, dónde estás? Pregunto elevando la mirada al cielo, pienso en mi amiga mientras recorro las calles hasta mi casa. Si sus amigos sentimos un terrible vacío, lo que su familia guarda en el alma debe ser un sentimiento aún más desgarrador… Quisiera no pensar en la venenosa conversación de Viridiana, pero… Si Pía… Bueno, creo que es mejor tener un cuerpo a nada, a vivir con la incertidumbre de saber dónde quedó todo lo que era una persona.
     ―Buenas tardes Teresa, ¿cómo estás hoy? ―me pregunta una vecina en cuanto me ve atravesar el patio del edificio. Es una señora de sesenta años, vive sola, de ocho hijos ningún cabrón la visita nunca.
     ―Más o menos ―le digo, dibujando apenas una sonrisa.
     ―¿Todavía no sabes nada de tu amiga?
     Silencio…
     ―No. Ya van a cumplirse cinco semanas, pobre de su familia, están destrozados.
     ―Debe ser horrible… Oye, espero que esto no te ofenda, pero, creo tener algo que te servirá, al menos para saber si tu amiguita… Tú sabes.
     ―Señora, ¿se está burlando de mí?
     ―Ven a mi casa. Por favor, sólo confía.
     ―Gra-cias, pero no, tengo mucha tarea ―le respondo, me apuro a llegar a casa, no sé por qué me dio tanto pavor la señora.
     ―No me engañas, estás muy preocupada, hazme caso hija, tal vez podamos saber algo.
     ―Hum… “Bueno, será mejor que vaya, de otra manera continuará molestando” Vamos pues ―le respondo, ella sonríe.
     La casa de doña Edith huele a sopa, y a ramitos de gardenias que adornan un altar donde se pueden ver diversas fotografías y figuras de santos.
     Me conduce hasta un cuarto, cierra las puertas. Adentro, únicamente se ven algunas líneas de luz que se cuelan por las rendijas de la ventana de madera.
     Tocando el piso con pies torpes, doña Edith llega a un lugar. Enciende un cerillo, las velas sobre una mesa nos dieron una tenue visibilidad. Era un cuarto extraño, las paredes tenían dibujos raros, todos pintados con tiza negra, gris y violeta. Había ídolos hechos de barro y piedras, parecía que nos veían, atentos por lo que fuera a suceder.
     ―¿Quiénes son todos éstos? ―pregunto sin dejar de tentar las figurillas, la verdad son muy llamativas.
     ―Son nuestros antepasados, los primeros que soplaron aliento de vida al cuerpo del hombre. Siéntate ―invitó, señalando un petate en el suelo.
     ―¿Qué es esto señora? Mire, si va a salir con que me leerá las cartas; será mejor que sepa que yo no creo en esas cosas. Además, ¿de qué me vio cara? Sé lo mucho que suelen cobrar personas con disque poderes para engatusar a la gente desesperada.
     ―¿Quién habló de dinero y leer cartas? ―respondió la señora, viéndome con sus cansados y sarcásticos ojos.
     Hum. Aplastante lógica.
     ―Ahora siéntate. Sé que deseas saber qué le sucedió a Pía.
     Por supuesto, deseaba saber.
    
Me senté al otro lado de la mesa, entonces Edith comenzó a rezar palabras que nunca escuché en la actualidad, también arrojó polvos que apestaban a rayos en un anafre miniatura. Agregó quien sabe cuántas mugres más al mismo lugar antes de solicitar lo siguiente.
     ―Aspira todo lo que puedas del humo, piensa las preguntas que deseas resolver y por la noche la respuesta obtendrás.
     ―¡¿Qué?!
     ―Hazlo.
     ―Ehh… ¿qué es con exactitud lo que oleré?, ¡¿alguna hierba prohibida?!, mire, mejor aquí nos detenemos. No quiero problemas con mi mamá.
     ―¡Ja, ja, ja! Niña, no existe nada torcido aquí. Lo prometo, ¿quieres respuestas? Sólo así las obtendrás.
     “―Pía… Pía…”
     Todos en el edificio comentaban que Edith era una hippie; y que en sus buenos tiempos sembraba María en el patio trasero de su casa. Escondida entre rosas y bugambilias crecía la hierba. Muchos clientes la frecuentaban, la doña decía que únicamente la vendía para curar los males del alma.
     Me pregunto si… este humo contiene un poco de ella.
     Aspiré profundamente. En cuanto el humo subió por mi nariz, sentí un picor que se aferró de inmediato a cada neurona de mi cerebro, creando una sensación electrizante que invadió todo mi cuerpo. Tosí, pensé con fuerza:
      »―Muéstrame lo que sucedió. ¡¿Por favor, dime dónde estás?!
     Todo comenzó a girar y luego me dormí.

Desperté mareada, todavía con vista borrosa distinguí la cara de Darío; ahí estaba su inigualable sonrisa. Me sentí extraña, entonces me di cuenta que no estaba en mi cuerpo. Estoy en el saco de huesos de Pía. Es raro tener el cabello largo y desparpajado, no sé cómo la delgada nariz de Pi aguanta aquellos hipsterianos lentes cuadrados de pasta roja que usa. Pesan mucho.
     Pía también ríe. Es el día en que vieron la película, sin duda nos encontramos en la sala de espera del cine. Pero, de pronto, las secuencias de ésta delirante cinta desfilan de forma desordenada. En ratos dejo de habitar el cuerpo de mi amiga para ser testigo de sus recuerdos: cuando conoció a Darío en el jardín de niños, los juegos en la caja de tosca arena, los pasteles de lodo y la caza de bichitos. De vez en cuando distorsionadas voces retumban en mis oídos. Son sus risas, sus palabras infantiles, promesas de amistad sincera.
     “―Pía y Darío, juntos para siempre.”
     Después llega un estrepitoso lamento que agita los latidos de mi corazón. Son los gritos de Pía, aparecen imágenes que se sacuden violentamente, como las fotografías de las películas de acción y terror. Llega mi voz y las preguntas, alguien con voz gruesa me responde.
     ―Las sombras, fíjate en las sombras.
     De nuevo recuerdos, tiempos de la primaria, secundaria, las escapadas de la prepa. Sólo amistad.  
     Llegan hombres y mujeres, no duran mucho a su lado, pero Darío y Pía se consuelan cuando alguien rompe los buenos sentimientos que ofrecen.
     Veo que al suelo caen pastillas, se derrama sobre el piso el contenido de muchos frascos, se rompe el vidrio, el plástico rebota. De nuevo las agitadas imágenes, veo que alguien agita la cabeza con furia, se hace daño, algo le da miedo del mundo. No distingo quién es.
     ―Las sombras, fíjate en las sombras.
     Sí. Hay alguien que los persigue; se esconde al lado contrario de los árboles y entre la multitud. Mira de lejos, escudándose tras los oscuros lentes en su rostro. Los ojos de Pía la registran pero no le pone atención, prefiere seguir mascando las palomitas, los chocolates, continuar platicando con Darío.
     Mi alma comienza a asustarse más. Pía llora.
     ―Es que no lo entiende, ha confundido todo.
     ―¡Eres una perra! Entiéndelo de una vez, ¡es mío!
     ―Está confundida y no sabe lo que hace, sin ellas no sabe lo que hace.
     ―¡Pía! ―le grito.
     Ella no responde, la veo darme la espalda. Se aleja caminando, toma rumbo a su casa. Aparece Darío, ellos se despiden, Pía camina; esta por doblar la esquina; entonces unas delgadas manos la arrojan con fuerza a la pared, mi amiga rebota mientras hace gestos de dolor.
     ―No sabe lo que hace. Sin ellas, no lo sabe.
     Las guturales voces se encastan en mis oídos, risas macabras, palabras que suenan mal… hay rogación.
     Puedo sentir lágrimas recorrer mi cara, grito en el mundo de los sueños… Me duele saber que ya nunca volveré a encontrarme con Pía, nadie lo hará. Me duele saber que sus huesos sienten frío, que sus ojos se congelaron esperando que los rayos del sol la encontraran. Duele sentir el frío que quema la piel de tu cuerpo, una capa gélida lo envuelve. Azul.

     Podrías sacudirte si no tuvieras lazos inmovilizando el andar de la sangre en las muñecas, los tobillos sangran. La boca articula adentro, en vano. Duele todo.
     Azul.
     Pía está azul.
     ―¡Por Dios, Pía, Pía ―no me dejas alcanzarte… ¡¡¡PÍA!!!
    
―Teresa. ¡Despierta, despierta! ―dice con insistencia mi mamá.
     Abro los ojos, me incorporo de la cama rápido.
     ―¡Teresa!, ¿estás bien, Tessi?
     No lo puedo evitar, se me escurren las lágrimas.
     ―No has dado un susto de muerte, llevabas dormida dos días. ¡¿Qué pasó?!, ¡¿por qué no podías despertar?!
     ―Pía está muerta… ¡Está muerta!
     ―Hija ―los ojos de mamá se inundan, muerde un poquito sus labios―, no digas tonterías, ¡oh, por Dios!... la esperanza, es lo que muere al último ―responde mamá.
     ―¡No, no es verdad!, ¡sé dónde se encuentra y quién le hizo daño!
     ―¡Cálmate Teresa!
     ―¡No! ―le grito a mi madre, le rasguño las manos para que deje de apretar mis  brazos. Ella retrocede, viendo aterrada los surcos de carne abierta que mis afiladas uñas le han provocado.
     Bajo rápido las escaleras. No me importa que las sandalias no se ajusten bien a los pedales de mi bicicleta, me apuro a recorrer las calles. Abro y cierro los ojos con fuerza, tratando de recrear las imágenes del sueño anterior, prevalecen las pastillitas cayendo al suelo, los frascos rebotando y la horrible carcajada de alguien que sujeta a Pía con saña.
     Lágrimas se tornan azul.
     ―¡Ya voy amiga, ya voy!
     Pedaleo rápidamente, cruzo las calles sin ver o atender los reclamos de la gente.
     Mi corazón late con fuerza, apenas y respiro.
     Me dejo azotar en la polvosa tierra de un terreno que funciona como deshuesadero de motocicletas, limpio el sudor de los ojos y entonces lo veo. Al fondo se encuentra un cuarto rústico, las imágenes en mi cabeza confirman que es el lugar. Ahí voy con lentitud, la puerta es de madera, sólo un cerrojo oxidado la protege, lo quito y abro despacio. Adentro hay pocas cosas, todo pinta a que no sirve, pero escucho funcionar el motor de un polvoso refrigerador. Tiembla la tierra y su meneo desata partículas de polvo que puedo distinguir muy bien.
     Me acerco, alguien lo abrió. Sí, las marcas de largos dedos aún están marcadas con levedad sobre la puerta, para no desaparecerlas abro el refrigerador usando las palmas de mis manos… Aprieto los ojos, de nuevo me agito… El grito que escapa de mi garganta es poderoso y me avienta al suelo, grito como animal de matadero sintiendo el cuchillo perforar el corazón. Raspo las nalgas sobre el piso del cuarto mientras voy en reversa. Pero no me voy, lloro, sentada cerca de la puerta, tratando de no creer que Pía esté en el congelador. Inmóvil, tiesa, podrida y conservada por las finas capas de hielo azul que la cubren.
     ¿Esto continúa siendo el sueño? ¡¿Es el sueño, es el sueño?!... ¡Por todos los cielos!
Sonó el celular, lo contesté al quinto llamado, ida le dije a mi mamá dónde me encontraba. Quien sabe cómo supo llegar, pero vino; la acompañaba Edith. Ellas se encargaron de llamar a la policía.
     Los agentes me interrogaron por horas, me trataron de chiflada luego de revelarles lo que hice para averiguar dónde estaba Pía. Me dejaron ir a casa al quinto día.
     En la escuela ya todos sabían el terrible acontecimiento de la joven cuatro ojos, Viridiana se veía algo nerviosa, trataba de relajar los gestos negativos con una sonrisa forzada. Sí… lo noté.
     La veía y la veía, entonces aparecieron de nuevo las fotografías de mi alucinante sueño: las gafas de Pía, su cara estrellándose en el piso, ella riendo al lado de Darío, Viridiana espiándolos a través de sus enormes lentes de sol, agazapada en la multitud, apretando los labios, rasguñando las palmas de sus manos.
     Me levanté de la silla y fui hasta donde estaba ella, le solté una bofetada en la cara que la hizo rodar fuera de su lugar.
     ―¡Tú fuiste, tú fuiste. Maldita, dilo ya! ―le grité jaloneando la bolsa que usaba para defenderse.
     ―Ya basta Teresa ―dice uno de mis amigos. Lo ignoro.
     ―¡Esta maldita perra tiene la culpa de todo, zorra! ―grito mientras sigo con los manotazos.
     ―Quítate de encima ―me sentenció Viridiana con lúgubre voz, su mirada se volvió aterradora. Sentí miedo, por un momento creí que se levantaría a retorcerme el cuello, pero el recuerdo de Pía en estado azul ayudó a mantenerme firme.
     Jalé con más fuerza la bolsa, el contenido de ésta salió volando. Dos frasquitos con etiquetas rojas se abrieron en el aire y las pastillas de su interior parecieron a la comunidad estudiantil un montón de confetis blancos que rebotaban en el piso.
     Lágrimas ahogaban ya mi garganta.
     ―Entérate que la policía encontró muchas de tus mugres cerca del refrigerador que guardaba a Pía… Pero, eso ya lo sabes… ¡Demente! ―le dije mientras me quitaba de encima. Ella se levantó poco a poco, continuaba gesticulando duros movimientos en su rostro.
     ―No tienes nada, ¿crees que alguien va a creer las idioteces que dices?, por supuesto que no. Así que supéralo ―respondió Viridiana antes de marcharse, ahora una gran sonrisa iluminaba su rostro.
La policía continuó las investigaciones, fui a pelear con ellos; les grite que tenía pruebas. Les pedí que interrogaran a la ridícula novia de Darío, dije que ella tenía algo que ver, que tenía toda la culpa. Ella era la asesina de Pía.
     Pero, ella tuvo razón. Todo mundo me ignoró.
     ―Pía, hice lo que pude, sólo espero que puedas descansar en paz ―quito las flores marchitas y pongo nuevas sobre la tumba de mi mejor amiga.
     Darío no quiso acompañarme a dejar las flores… se hace más idiota conforma pasan los días. Creo que todos se han convertido en los títeres de una experta manipuladora, o tal vez simplemente obedecen porque no desean despertar al monstruo que se duerme en el interior de Viridiana, con la ayuda de blancas pastillitas.



                                     
              
                                     Texto e imágenes por: Vakn.

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