miércoles, 28 de octubre de 2015

El mejor amigo de Karen.

¡Hola!
Hoy vengo a compartirles la siguiente historia que llegó a mi imaginario luego de escuchar la historia que me platicó mi abuelita acerca del retrato de un niño que una de sus familiares recogió de la calle, pues la pequeña persona en el papel era muy bonita, sin embargo, luego comenzaron a suceder cosas extrañas en su casa. Las cosas para aquella mujer terminaron bien, más no así para la protagonista del relato que escribí.
Sin más, los dejo en compañía de Kuro, Karen y aquello que habita en su casa...



Transfiguración
Noodle Kattepón Váiz

Hacía tres días que Kuro no me dejaba dormir, comenzaba a ladrar angustiosamente a partir de las tres de la mañana y no cerraba el hocico hasta que yo bajaba las escaleras. Con una pantufla en mano, amenazaba al perro con darle golpes si continuaba el escándalo, sin embargo, me hacía poco caso y seguía ladrando; dirigido siempre a la fotografía de un hermoso niño colgada en la pared.
      Yo me negué a desechar tan lindo retrato y decidí conservarlo, fue lo único que quedó de la decoración original de la casa, que no hace mucho, había adquirido.
     ―¡Kuro, ya fue suficiente! Tranquilo, no pasa nada, ¿ves? Vamos, tengo que trabajar mañana, así que pórtate como buen perro y regresa a dormir, ¡vamos!
     Por fin logré tranquilizar a Kuro, dejó escapar algunos gruñidos más tranquilos y movió la cola en señal de que obedecería mis órdenes. Luego huyó a uno de los sillones de la sala y se quedó inmóvil, pero, aún observando con desdén a la fotografía.

Dolores llegó a la mañana siguiente, me pareció la muchacha más alegre en todo el pueblo, Kuro le tomó cariño de inmediato, eso me agradó, ya que necesitaba alguien que cuidara muy bien, no sólo de mi casa, sino de mi mejor amigo en el mundo.
     ―Muy bien, ¿entendiste todo lo que tienes que hacer?                
     ―¡A la perfección señorita Karen! Vaya con mucho cuidado, dicen que las noches en Rincole pertenecen por completo a los muertos ―dijo Dolores en tono asustado.
     ―Contigo van cinco personas que me dicen lo mismo, no creí que la gente fuera así de supersticiosa en este lugar ―contesté mientras cargaba mi mochila al hombro.
      La jornada en la preparatoria fue exhaustiva, no recuerdo haber tenido un día con tantas dudas que resolver. Así que esperaba con ansias la hora de la salida.
     Eran las nueve de la noche y faltaba una calle para llegar a mi casa, cuándo, a lo lejos, alcancé a distinguir a Kuro, quien ladraba sin parar frente a la puerta de mi casa.
     ―¿Kuro? ¿Qué haces afuera? ¿Te escapaste de Dolores? Entremos, ¿quieres? ―Jalé a Kuro de su collar, pero éste, retorcía su cuello, retrocedía y ladraba a tal grado que espumosa baba caía de su hocico. Continué todavía forcejeando hasta que él ya no lo soportó y me dio una tremenda mordida en la mano derecha.
     ―¡Ay! ¡Perro estúpido! ¿Qué demonios te pasa? ―grité, tratando de aligerar el dolor en mi mano. Sin embargo, el rechinar de la puerta principal de mi casa me hizo olvidar por un momento el ataque de Kuro. Fui hasta la entrada, me asomé poco a poco, todo adentro estaba oscuro, caminé rumbo a la sala, casi al llegar me resbalé con algo en el piso, como no distinguía nada supuse que se trataba de agua derramada.
     Al prender la lámpara que se encontraba en la esquina cerca a la chimenea, me topé con el regordete cuerpo de Dolores, ¡desgarrada de la cabeza a los pies! Tenía la lengua fuera, todo su cuerpo estaba morado, pareciera que le dieron una brutal paliza, y en su rostro; quedó grabada una expresión de terror que hasta el momento sólo conocía de las películas.

Los siguientes cuatro días desperté empapada en sudor, en mi cabeza no dejaban de aparecer las imágenes con el rostro de la difunta, eran terribles pesadillas, incluso podía escuchar su voz, diciéndome que la única opción para mi salvación era cercenar la cabeza de Kuro.
     ―¡NO! ―grité, espantada. Kuro estaba cerca de la puerta de mi cuarto, con las orejitas elevadas, atento escuchaba algo, luego empezó a quejarse y de nuevo emitió sus molestos ladridos. Me deslicé fuera de la cama para tranquilizarlo.
     ―Y ahora qué diablos te pasa Kuro ―le dije mientras abría la puerta, él salió de inmediato, yo iba detrás, pretendía ir a la cocina por un vaso con agua.
     Estaba en el penúltimo peldaño de las escaleras cuando me topé con algo horrible, aproximadamente a un metro de Kuro, estaba un espeluznante niño. Sus ojos eran dos hoyos repletos con carbón al rojo vivo, sus manos; deformes y con garras teñidas en color rojo llegaban hasta el piso. La criatura emitía espantosos bramidos que erizaban la piel, las piernas me temblaban, aun así tuve la fuerza suficiente para abrazar a Kuro por el cuello y subirlo unos cuántos escalones. Pero… la criatura me atrapó.
     Sentí las frías garras de aquella cosa sujetar con fuerza mis piernas, arrastraba mi cuerpo a la chimenea; que ya tenía una potente hoguera. Yo trataba de zafarme de él, arañaba el piso y pataleaba con fuerza, ya sentía el fuego carcomer la piel de mis pies cuando Kuro se abalanzó sobre el espectro.  Empezó una sangrienta lucha, donde Kuro perdía pedazos de carne y sangre, el monstruo aquel trataba de liberarse del perro, quien ya lo mordía ferozmente del cuello. Entonces escuché de nuevo la voz de Dolores, insistente decía.
     ―¡Corta la cabeza, corta la cabeza de Kuro, córtala, córtala, córtala, córtala!
     ―¡Kuro!
     ―¡CÓRTALA!

Ni siquiera se quejó o lloró… su cabecita rodó por el piso y yo, quedé bañada con la sangre que brotó de las yugulares cortadas de Kuro, sosteniendo en mis manos el hacha que pensaba, sólo cortaría pedazos de leña. Mis gritos de dolor se mezclaron con las risas macabras del maldito niño, intenté encajar mi instrumento de muerte en su asqueroso cuerpecito desnudo y amarillo.
     Luego sentí un pinchazo cruel en mi pecho, sentía que mis entrañas se reventaban, el aire me hacía falta, jadeaba como perro, intentando todavía defenderme con el hacha. Mientras distinguía las llamas en la chimenea más cerca de mí y de Kuro, mi perro ardía en el fuego. Luego, sentí frío, frío y después… nada.
     La luz del día me encontró tendida sobre el piso, frente a la chimenea, con las entrañas de fuera y el cuerpo morado, quedé tumbada, muy cerca del cadáver de Kuro. La policía llegó a la conclusión de que había sufrido un episodio maniaco que me llevó a exterminar al perro y luego a suicidarme, pero, que saben ellos. Ellos que resuelven los misterios con ciencia.
     Nunca sabrán que terminé de la misma forma que Dolores… igual que los demás. Ella nunca se apareció en mis sueños, eran los hipnóticos engaños del ente que habita en esta casa, aquel que se disfraza de dulce criatura, aquel que se alimenta de nuestras almas, aquella criatura del inframundo que utiliza nuestros reflejos y pensamientos para engañar a los ilusos a deshacerse de sus guardianes, animales como Kuro, que presienten el peligro y que alejan a los espíritus con sonoros ladridos.
     Por cierto, escuché que el letrero de “SE VENDE” ya se removió del jardín de esta casa.




*Ilustraciones o fotografías, próximamente*


Texto: Noodle Kattepón Váiz (Vakn)

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