viernes, 30 de octubre de 2015

Alma singular.

¡Hola!
Hace como tres años... o creo que cuatro O_O. Encontré la convocatoria de un concurso que invitaba a escritores amateurs a participar con sus redacciones para la construcción de una antología. No habría premio en efectivo, la recompensa únicamente sería la impresión de las historias, un par de volúmenes del libro como obsequio y por supuesto; la publicidad para que los escritores se dieran a conocer más.
Yo participé con tres historias y en ese momento sí fueron seleccionadas. Sin embargo, pasó el tiempo y los responsables de dicho concurso ya no volvieron a dar ninguna señal de vida para ese proyecto, y todos los ganadores de la convocatoria nos quedamos con esa ilusión de ver nuestro trabajo impreso U_U. Qué caramba. Me hubiera gustado que al menos los organizadores nos dieran una razón del porqué ya no salió la antología. En fin, la historia de hoy fue una de las seleccionadas en ese entonces XD, por cierto, también ha sido publicada en otra revista virtual independiente que se llama:  El creacionista. Muchas gracias a ese espacio por el apoyo que otorga a los creativos independientes.
Y pues ojalá que sea de su agrado, ¡saludos!


Leda Cat
Noodle Kattepón Váiz


Conocí a Leda mientras yo pateaba una piedra rumbo a mi casa, entonces ella me solicitó ayuda; pues se había quedado atorada en la rama de un frondoso árbol.
     Me gustó desde que lamió mi cachete izquierdo y por la restregada de su frente en uno de mis hombros. Yo no sabía qué hacer ante sus extraños movimientos, lo único que se me ocurrió fue alborotar su cabello, Leda volvió sus ojos a mí. Eran enormes. Y, me gustó desde entonces.
     Después de cursar el último año de preparatoria, Leda y yo decidimos buscar suerte en la misma universidad. Ella estudiaría la carrera de psicología avanzaba para tratar a mascotas con trastornos mentales, no comprendía bien por qué deseaba aprender una profesión tan extraña, yo ni siquiera sabía si hallaría empleo, pero decidí apoyarla de todas maneras.
     A mí me fue muy bien, logré aprobar el examen para la carrera que seleccioné como primera opción. Ante el hecho, mi abuelita mandó a hacer un imán que tenía grabado el número de mi matrícula para ponerlo sobre su refrigerador.
     Yo estaba contento, mi vida tomaba rumbo y comenzaba al lado de una hermosa señorita, en una escuela de aulas bonitas y un departamento que pagábamos entre los dos. El único inconveniente de nuestro nido de amor temporal era que Leda había adornado más de la mitad con postes de madera que tenían un largo cordel que sostenía en la punta una bolita de estambre. En la casa no existía un sólo rincón que no tuviera un gato en bulto; de porcelana, barro o construidos con chatarra. Demasiados gatos en la casa.
     Resultó que cierto día rentaron el departamento que estaba justo frente a nosotros, el casero se alegró de tener lleno todo el edificio, Leda estaba poco contenta, la noche anterior pudo escuchar a los hombres de la mudanza meter los muebles y quién sabe qué más cosas, pero lo importante. Escuchó los fuertes y vivarachos ladridos de un perro.
     ―No puede haber un perro tan cerca de nosotros.
     ―¿Por qué no?. Mientras no moleste la planta que tenemos en el pasillo todo estará bien.
     ―Sí… mientras esté lejos. Supongo que no habrá problema.



La primera vez que Leda hizo la imitación de un gato, fue cuando un pajarillo azul se detuvo a cantar cerca de la ventana del baño, ella dejó de cepillar sus dientes para acercarse sigilosamente al lugar, el pajarillo bailó un par de veces al verla, pero, se asustó de inmediato cuando Leda se erizó toda al tiempo en que emitía un Geeeee. Cuando el ave se hubo marchado, mi adorable novia dijo ―Miau, miau ―con algo de tristeza. La verdad es que no quise iniciar una pelea, Leda era muy sensible y hacerle bromas acerca de su comportamiento la hubiera puesto seria todo el día. Así que ignoré el raro comportamiento.
     Esa misma noche me dijo algo de lo más extraño.
      ―Quisiera atrapar un ratón. Te lo ofrendaría de trofeo.
      ―¿Y cómo piensas atraparlo? ¿Con una trampa?
     ―Claro que no tontito. Lo agarraría entre mis dientes y le apretaría con fuerza su adorable cuellito. Buenas noches.
     Lo siguiente fue de lo más vergonzoso, todas las mañanas desde que decidimos vivir juntos, Leda y yo íbamos al parque que quedaba a unas cuadras del edifico a practicar básquetbol. Aquel día fuimos cuando el sol ya brillaba tenuemente por todo el lugar. Nos divertíamos, tranquilos, normal… hasta que apareció la mariposa roja.
     Las pupilas de Leda volvieron a hacerse enormes, luego lamió sus manos y comenzó a juguetear con el animalejo que hacía lo posible para escapar de los zarpazos de Leda. Mi novia comenzaba a llamar la atención de los que iban a practicar ejercicios matinales, yo intenté detenerla pero se me escapó rápido; iba a la velocidad del aleteo de la mariposa. Grité aterrado al ver que casi la atropellaba un vocho amarillo.
     ―¡Leda, por dios!
     Me parece que fue la primera vez que discutimos hasta el grado de no querer vernos en días, ella se marchó a su casa con ojos llorosos. A la quinta salida del sol Leda regresó, pero no me habló, fue a nuestra habitación y se cambió de ropa para irse a la escuela.
     Los problemas de actitud felina de Leda aumentaron cuando conoció a Rufo, el perro carlino pug de los vecinos, era en verdad una mascota adorable, aunque un poco peligrosa, no sé por qué rayos le gustaba dormir junto a la maceta que teníamos a un lado de nuestra puerta.
     Rufo era tan negro que se camuflaba con la oscuridad de las paredes sin luz, también salía de su casa tan rápido como los ratones huyendo de algún depredador.
     Leda tropezó cierta noche con él, prendió la luz para ver de qué se trataba, el perrito ladró a todo pulmón, tal vez no le gustó la forma en que ella lo vio, especialmente cuando pronunció uno de sus tradicionales Geeeee y luego comenzó a perseguirlo por el pasillo. Su dueña y yo salimos casi al mismo tiempo, tuvimos que separar a los dementes a la fuerza. La espantada vecina metió a Rufo a su casa y nos quedó viendo realmente feo, yo moría de pena mientras Leda me rodeaba, restregando su cabeza y diciendo ―Prurr, prurr, maraurrr ―no pude hacerla entrar en razón y toda la noche durmió al borde de la cama, hecha bolita. También roncó.
     Las correteadas entre mi novia y Rufo se convirtieron en el espectáculo oficial del edificio, nunca había tenido problemas con los vecinos, por vez primera odié al perro y al extrañó comportamiento de Leda, ¡ya no me parecía gracioso!
     ―¡Esto se detiene ahora mismo! ―le grité a ella cuando la vi tendida en el suelo jugando con la pelotita de un afilador de garras felinas color morado.
     ―¿De qué hablas? ¡Esto es muy divertido! ―contestó sin dejar de jugar.
     ―Leda. Escúchame ―dije, levantándola del suelo―. Me parece que necesitas ayuda, no está bien que continúes portándote como un gato. Creas un alboroto a donde sea que vamos, sin olvidar las veces que te has lastimado. ¡Incluso de gravedad! Así que ¡Esto se detiene ahora!
     Deseaba con todo el corazón que entendiera, pero…
     Ella se me quedó viendo, estirada a lo largo del sillón, bostezó un par de veces antes de pronunciar:
     ―Tengo hambre ―entonces se levantó para ir a la cocina a comer una lata con atún en agua y un vaso de leche fría. Y, por supuesto, ignorando lo que le había dicho.
     El siguiente fin de semana decidí hablar seriamente con su familia, así que no dudé ni un poco en aceptar la invitación de Leda para ir a su casa. Sin embargo mi seudo discurso de psicoanalista se fue por el caño debido a la fiesta que había en su domicilio.
     Todos estaban contentos. Bebían, cantaban y bromeaban. Perdidos en el alcohol de las cervezas, en los trozos de carne frita al carbón y la música duranguense.
     Nadie se dio cuenta hasta que escuchamos el tremendo golpe, Leda se había caído desde la azotea de su inmensa casa, su delirio gatuno la llevó arriba… perseguía un pajarillo azul. Logró atraparlo, aún lo tenía en la boca. ¿Qué habrá pensado la pobre? ¿Qué también tenía siete vidas?, definitivamente olvidó que era humana.
     Lo triste es que no logró estudiar hasta descubrir cómo controlar su problema de personalidad. Ella siempre me decía que trataría de ayudar a los felinos atrapados en cuerpos humanos. Nunca entendí a mi novia que se creía gato. Y eso, le costó la vida.







Texto e imágenes: Noodle Kattepón Váiz.

miércoles, 28 de octubre de 2015

El mejor amigo de Karen.

¡Hola!
Hoy vengo a compartirles la siguiente historia que llegó a mi imaginario luego de escuchar la historia que me platicó mi abuelita acerca del retrato de un niño que una de sus familiares recogió de la calle, pues la pequeña persona en el papel era muy bonita, sin embargo, luego comenzaron a suceder cosas extrañas en su casa. Las cosas para aquella mujer terminaron bien, más no así para la protagonista del relato que escribí.
Sin más, los dejo en compañía de Kuro, Karen y aquello que habita en su casa...



Transfiguración
Noodle Kattepón Váiz

Hacía tres días que Kuro no me dejaba dormir, comenzaba a ladrar angustiosamente a partir de las tres de la mañana y no cerraba el hocico hasta que yo bajaba las escaleras. Con una pantufla en mano, amenazaba al perro con darle golpes si continuaba el escándalo, sin embargo, me hacía poco caso y seguía ladrando; dirigido siempre a la fotografía de un hermoso niño colgada en la pared.
      Yo me negué a desechar tan lindo retrato y decidí conservarlo, fue lo único que quedó de la decoración original de la casa, que no hace mucho, había adquirido.
     ―¡Kuro, ya fue suficiente! Tranquilo, no pasa nada, ¿ves? Vamos, tengo que trabajar mañana, así que pórtate como buen perro y regresa a dormir, ¡vamos!
     Por fin logré tranquilizar a Kuro, dejó escapar algunos gruñidos más tranquilos y movió la cola en señal de que obedecería mis órdenes. Luego huyó a uno de los sillones de la sala y se quedó inmóvil, pero, aún observando con desdén a la fotografía.

Dolores llegó a la mañana siguiente, me pareció la muchacha más alegre en todo el pueblo, Kuro le tomó cariño de inmediato, eso me agradó, ya que necesitaba alguien que cuidara muy bien, no sólo de mi casa, sino de mi mejor amigo en el mundo.
     ―Muy bien, ¿entendiste todo lo que tienes que hacer?                
     ―¡A la perfección señorita Karen! Vaya con mucho cuidado, dicen que las noches en Rincole pertenecen por completo a los muertos ―dijo Dolores en tono asustado.
     ―Contigo van cinco personas que me dicen lo mismo, no creí que la gente fuera así de supersticiosa en este lugar ―contesté mientras cargaba mi mochila al hombro.
      La jornada en la preparatoria fue exhaustiva, no recuerdo haber tenido un día con tantas dudas que resolver. Así que esperaba con ansias la hora de la salida.
     Eran las nueve de la noche y faltaba una calle para llegar a mi casa, cuándo, a lo lejos, alcancé a distinguir a Kuro, quien ladraba sin parar frente a la puerta de mi casa.
     ―¿Kuro? ¿Qué haces afuera? ¿Te escapaste de Dolores? Entremos, ¿quieres? ―Jalé a Kuro de su collar, pero éste, retorcía su cuello, retrocedía y ladraba a tal grado que espumosa baba caía de su hocico. Continué todavía forcejeando hasta que él ya no lo soportó y me dio una tremenda mordida en la mano derecha.
     ―¡Ay! ¡Perro estúpido! ¿Qué demonios te pasa? ―grité, tratando de aligerar el dolor en mi mano. Sin embargo, el rechinar de la puerta principal de mi casa me hizo olvidar por un momento el ataque de Kuro. Fui hasta la entrada, me asomé poco a poco, todo adentro estaba oscuro, caminé rumbo a la sala, casi al llegar me resbalé con algo en el piso, como no distinguía nada supuse que se trataba de agua derramada.
     Al prender la lámpara que se encontraba en la esquina cerca a la chimenea, me topé con el regordete cuerpo de Dolores, ¡desgarrada de la cabeza a los pies! Tenía la lengua fuera, todo su cuerpo estaba morado, pareciera que le dieron una brutal paliza, y en su rostro; quedó grabada una expresión de terror que hasta el momento sólo conocía de las películas.

Los siguientes cuatro días desperté empapada en sudor, en mi cabeza no dejaban de aparecer las imágenes con el rostro de la difunta, eran terribles pesadillas, incluso podía escuchar su voz, diciéndome que la única opción para mi salvación era cercenar la cabeza de Kuro.
     ―¡NO! ―grité, espantada. Kuro estaba cerca de la puerta de mi cuarto, con las orejitas elevadas, atento escuchaba algo, luego empezó a quejarse y de nuevo emitió sus molestos ladridos. Me deslicé fuera de la cama para tranquilizarlo.
     ―Y ahora qué diablos te pasa Kuro ―le dije mientras abría la puerta, él salió de inmediato, yo iba detrás, pretendía ir a la cocina por un vaso con agua.
     Estaba en el penúltimo peldaño de las escaleras cuando me topé con algo horrible, aproximadamente a un metro de Kuro, estaba un espeluznante niño. Sus ojos eran dos hoyos repletos con carbón al rojo vivo, sus manos; deformes y con garras teñidas en color rojo llegaban hasta el piso. La criatura emitía espantosos bramidos que erizaban la piel, las piernas me temblaban, aun así tuve la fuerza suficiente para abrazar a Kuro por el cuello y subirlo unos cuántos escalones. Pero… la criatura me atrapó.
     Sentí las frías garras de aquella cosa sujetar con fuerza mis piernas, arrastraba mi cuerpo a la chimenea; que ya tenía una potente hoguera. Yo trataba de zafarme de él, arañaba el piso y pataleaba con fuerza, ya sentía el fuego carcomer la piel de mis pies cuando Kuro se abalanzó sobre el espectro.  Empezó una sangrienta lucha, donde Kuro perdía pedazos de carne y sangre, el monstruo aquel trataba de liberarse del perro, quien ya lo mordía ferozmente del cuello. Entonces escuché de nuevo la voz de Dolores, insistente decía.
     ―¡Corta la cabeza, corta la cabeza de Kuro, córtala, córtala, córtala, córtala!
     ―¡Kuro!
     ―¡CÓRTALA!

Ni siquiera se quejó o lloró… su cabecita rodó por el piso y yo, quedé bañada con la sangre que brotó de las yugulares cortadas de Kuro, sosteniendo en mis manos el hacha que pensaba, sólo cortaría pedazos de leña. Mis gritos de dolor se mezclaron con las risas macabras del maldito niño, intenté encajar mi instrumento de muerte en su asqueroso cuerpecito desnudo y amarillo.
     Luego sentí un pinchazo cruel en mi pecho, sentía que mis entrañas se reventaban, el aire me hacía falta, jadeaba como perro, intentando todavía defenderme con el hacha. Mientras distinguía las llamas en la chimenea más cerca de mí y de Kuro, mi perro ardía en el fuego. Luego, sentí frío, frío y después… nada.
     La luz del día me encontró tendida sobre el piso, frente a la chimenea, con las entrañas de fuera y el cuerpo morado, quedé tumbada, muy cerca del cadáver de Kuro. La policía llegó a la conclusión de que había sufrido un episodio maniaco que me llevó a exterminar al perro y luego a suicidarme, pero, que saben ellos. Ellos que resuelven los misterios con ciencia.
     Nunca sabrán que terminé de la misma forma que Dolores… igual que los demás. Ella nunca se apareció en mis sueños, eran los hipnóticos engaños del ente que habita en esta casa, aquel que se disfraza de dulce criatura, aquel que se alimenta de nuestras almas, aquella criatura del inframundo que utiliza nuestros reflejos y pensamientos para engañar a los ilusos a deshacerse de sus guardianes, animales como Kuro, que presienten el peligro y que alejan a los espíritus con sonoros ladridos.
     Por cierto, escuché que el letrero de “SE VENDE” ya se removió del jardín de esta casa.




*Ilustraciones o fotografías, próximamente*


Texto: Noodle Kattepón Váiz (Vakn)

lunes, 26 de octubre de 2015

La casa de Berenice.

¡Hola!
Kattepón Váiz reportándose por estos lares :v.
Bueno, la siguiente historia se me ocurrió durante una visita al mercado (XD). Frente a las instalaciones de aquel lugar; se halla una casita que según me dijeron algunas personas, sólo es visitada por los dueños de vez en cuando; ya que ellos viven en otro estado, en fin.
Ese hogar tiene aires de melancolía y de cierta manera, inspira a imaginar cosas. Yo pensé en la historia de un joven que mira siempre a través de la ventana...



Vía salada

Noodle Kattepón Váiz.

Falta poco para las seis de la mañana, en unos minutos más; llegará la joven de labios rojos, acompañada de su fiel capa azul y sobre su cabeza una boina clásica. Esperará con paciencia el autobús que la llevará a quién sabe dónde. Me pregunto qué tipo de peinado lucirá esta mañana, tal vez una coleta o un chongo enredado con un listón. Hoy es una mañana fría, probablemente también llevará la bufanda enredada a la mitad de su rostro.
     Ella se detiene justo debajo de la lámpara que alumbra la calle en la que se encuentra mi casa. Mientras espera, la joven voltea a la ventana de vez en cuando. Siempre recorro la cortina, asustado de que se haya percato de mi espía presencia.
     Se escuchan los tacones golpear el pavimento de la calle. ¡Ahí está!, mi corazón late con fuerza, ojalá pudiera levantarme de la silla de ruedas que me tiene encadenado desde hace años, y salir más allá de la puerta principal de mi casa. Ojalá pudiera platicar con ella, quisiera conocerla mejor.
     Se acerca el autobús, lo escucho. Sólo tengo unos segundos para ver trepar a la joven. El bus se va perdiendo en la oscuridad de la carretera, alejo más las cortinas, estirando el cuello para ver las parpadeantes luces traseras del autobús que se lleva todas las mañanas a esa bella persona.
     ―¿Cuántas veces te he dicho que no tuerzas el cuello de esa manera?, te dará tortícolis.
     ―No exageres, me asomo un poquito.
     ―Sigues admirando a la muchacha de la mañana, ¿cierto?
     ―Por supuesto que no ―respondo apenado a Berenice.
     ―Escucha… tú… bueno. Regresaré a la cama, deberías hacer lo mismo.
     ―Ya no tengo sueño, intentaré recoger ciruelas en el jardín.
     ―No seas tonto, con este horario no podrás ver nada, además no quiero que molestes a Napo, ya sabes lo nervioso que se pone cuando te ve.
     ―¿Por qué no me quiere ese perro?, es un tonto. Pero me cae mejor que tus amigos, ninguno me saluda cuando los traes a casa.
     ―Es que… son tímidos. Vamos, te llevaré a la cama.
     Obedezco a mi querida prima.
     Berenice me ha acompañado desde que sufrí el accidente, todo sucedió rápido. Recuerdo que sentí un fuerte golpe en la espalda, que mis pies dejaron de sentir el suelo y que mi cabeza se partió en trozos pequeños. Pasaron los días y cuando por fin desperté, supe que ya no volvería a caminar. Tuve depresión por meses, sólo lloraba, odiaba que la gente me trajera flores, la casa estuvo llena de ellas por mucho tiempo. Luego llegó mi prima, gritó al verme. Debí tener un aspecto horrible, aunque nos veíamos a diario ella tardó en dirigirme la palabra; primero me veía raro, se asomaba en las habitaciones, husmeaba la casa como inspeccionando la presencia de alguien. Me gustaba aparecer de repente y darle un buen susto. De nuevo pasó el tiempo y Bere se acostumbró a mis bromas, le pregunté el motivo de venir a instalarse en mi casa, respondió que era para hacerme compañía.
     Nuestro hogar está a un lado de la carretera, en las tardes, cuando ya no hay nada qué hacer, nosotros jugamos a inventarle historias a los autos que vemos pasar. Contamos perros y tomamos fotografías de las personas que se asoman al jardín de la casa, les gusta ver los árboles de ciruelas y chabacanos; fue por ellos que conocí a esa joven.
     Como de costumbre, me encontraba cerca de la ventana, un autobús se estacionó frente a la casa, la vi descender, se veía agotada, subió a la banqueta,  colocó la bolsa que cargaba en el suelo, luego puso atención a los chabacanos.   Recuerdo que la joven se aseguro de que nadie la viera para luego estirar una de sus manos y cortar un fruto. Juro, que nuestras miradas se cruzaron, nos vimos hasta que Berenice llegó a interrumpirnos. Desde ese entonces la veo todos los días, las mañanas es lo que más espero y por las noches deseo tener suerte para verla otra vez.
     ―¿Cuándo piensas decirle la verdad?
     ―¿Estás loca?, no voy a decirle nada
     ―Pues de que creo que estás loca; sí. Por lo segundo, él debe saber, aun en su condición no merece crear falsas ilusiones.
     ―¡Rayos! No puedo hacerle eso, cuando se mude de casa se olvidará de ella. Como dice la canción, más allá del sol yo tengo un hogar, un hogar, bello hogar…
     ―Si tu abuela escucha que entonas canciones de la iglesia te mandará al infierno.
     ―¡Ja, ja, ja!
     ―¿Bere? ¿De qué te ríes? ―le pregunto, ella avienta un espejo a la cama.
     —¡Ah! De… nada, estaba practicando mi discurso para la exposición de mañana.
     ―Mañana quiero salir de paseo, que me pegue el sol del medio día, ¿a ti no te aburre estar aquí casi todo el día?
     ―Pues no… mira, no quiero que te sientas mal, recuerda que la gente es cruel y no quiero que se burlen de tu condición.
     ―No te preocupes Bere, ¡ni que fuera el único inválido!
     —Escucha, mañana no podré llevarte a pasear, tengo muchas cosas que hacer en la escuela, pero lo planeamos para el fin de semana, ¿sí?
     ―Hum… está bien, al menos sácame al patio, cerca de la reja.
     —Bueno, pero sólo un rato.
     El comportamiento de Berenice no ha cambiado mucho, siento que a veces goza de tenerme encerrado en la casa, soy el prisionero de una demente jovencita de diecinueve años, una cruel tirana que me niega sentir los rayos del sol. No puedo salir de ningún lado, ni de las pesadillas que asaltan las noches en que intento dormir. Ellas vienen a contarme una historia, siempre ocurre en la esquina que está cerca de casa, veo muchos faros acercarse a toda velocidad, se pierden casi al instante. Hay dedos señalando, risas, pero las escucho lejanas, alguien celebra algo, chocan envases de vidrio, me parece que es refresco, así continúan estas visiones, ahora son pares de manos las que se despiden. Granillos de negra arena crujen por cada paso, son míos, reconozco mis Converse, comienzo a sentir miedo, se acercan los faros, están descontrolados. Camino unos cuantos pasos, despierto espantado en cuanto siento que los huesos de mi cuerpo se quiebran en pedazos. Y Berenice está siempre; viéndome desde lejos, también asustada. Como sorprendida por mis lamentos de la noche. Le pido que se acerque y ella me consuela, limpia el sudor de mi frente, me dice que trate de olvidar, la verdad es que no entiendo qué es lo que debo olvidar.

Es temprano, me asomo a la ventana, ella no ha aparecido en días, tal vez está enferma o se le hizo tarde o se encuentra más allá de la esquina. Pero ya lo decidí, saldré de la casa, aprovecharé el pesado sueño que tiene la estudiante preparatoriana, me presentaré con la joven, hoy deseo saber cómo se llama. Me cuesta un poco salir con la silla de ruedas, pero lo hago, la reja de entrada rechina, la abro despacio, no sea que Berenice decida despertar.
     Ya estoy afuera, el viento es tibio, tiene fuerza, la calle no dice nada, únicamente los grillos cantan. Me asomo, me parece distinguir algo, es un bulto de fierros, ¿tienen flores encima? Conduzco hasta ellos.
     Son cruces, cuatro con exactitud, leo los letreros: el niño Damián Solares, quien falleció a la edad de cinco años, descansa en paz, te aman tus papás.
     El señor Pedro López, partió de este mundo a los ochenta y dos años, te extrañará tu familia.
     Así continúan los letreros, me llama la atención el de la cruz del fondo. Parece el más viejo, me estiro para ver las letras, el horror me invade mientras la silla de ruedas camina lentamente en reversa.
»Alejandro García Estrella. Falleció a los dieciocho años. Amado hijo, hermano y amigo, que encuentres la paz en algún lugar del cielo.
     ―¡¿Qué… qué dice aquí?! ¡Yo… yo estoy vivo! ¡¿Por qué hacen estás bromas?!
     Para ese entonces la silla y yo estábamos a media carretera, vi acercarse los faros de un auto. Grité, igual que el conductor al otro lado mientras intentaba frenar para evitar salirse de la curva, no quería toparse contra la esquina cercana a mi casa, aquella esquina que tiene un montón de cruces.
     Continúo viendo las luces, pienso en esa mentirosa placa que tiene grabada mi nombre encima. Porque yo estoy aquí, a mi manera, pero vivo.

Desperté agitado, estaba en mi cama. Todo normal, como siempre; Berenice viéndome desde lejos. Ella tenía los ojos rojos.
     ―Tuve un sueño horrible… horrible ―le dije mientras recargaba la cabeza en la almohada, era pachoncita.
     ―Tráeme la silla, quiero salir un rato.
     ―Bueno… sabes… tú….
     ―Qué.
     ―Nada.
     ―¿Nada?, ¿por qué siempre actúas extraño?
     ―Pero qué cosas dices, no tengo otra manera de actuar. Veo que estás de un humor fatal, así que luego regreso.
     ―¡Espera!, discúlpame, ¿qué ibas a decirme?
     ―Nada… bueno, quiero… quiero presentarte a una amiga.
     ―No sé si tenga ánimos para eso.
     ―Te alegrará, yo sé que sí.
     Mi prima sale un momento, la escucho decirle a alguien que venga… Y entonces, Berenice me da la mayor sorpresa de mi vida, ha traído a casa a la joven de las mañanas, la que un día cruzó su mirada con la mía. No puedo creerlo, ¡no puedo dejar de temblar!... Es hermosa, yo no sé qué decir.
     ―Hola, soy Bárbara.
     ―Ale-Alejandro…
     Berenice se marcha, es tarde, no sé a dónde va, aunque se oyen voces extrañas en la casa, la verdad es que no pongo atención a nada. La concentración está en Bárbara, quien me sonríe, ha jalado una silla y la ha puesto cerca de mí, platicamos como si nos conociéramos de años.

―Bere, ¿no te da miedo vivir cerca de la vía salada? Muchos accidentes ocurren ahí.
     ―Con sus comentarios aquello realmente parece escalofriante. No pasa nada y lo que sí, creo que se trata de la suerte de cada quien.
     ―La suerte o el muerto que se lleva a algunos infelices.
     ―Por favor, no vuelvas a decir eso… ―responde Berenice, agachando la cabeza―. ¿Saben?, mi primo… fue atropellado por un ebrio que manejaba a exceso de velocidad. Tan cerca de casa… pero bueno.
     ―Hace poco se murió una chava ahí, un accidente de carro, dicen que ella salió disparada por una de las ventanas y terminó rompiéndose el cuello.
     ―Pobre ―responde Berenice.
     “Sé lo que muchos dicen de mí, creen que estoy loca, incluso mi reflejo en el espejo me lo ha dicho, me dicen rara.
     Por supuesto, ellos no entenderían que tengo una capacidad diferente. Puedo ver cosas… cosas así. Mi primo ya no está aquí, y llámenlo superstición, pero es cierto que por su causa muchos accidentes pasan en la esquina, la vía salada.
     Él se me escapa de vez en cuando, sé que no lo hace a propósito, también se asusta al ver su nombre en la placa de la cruz. Sin embargo, esta vez su curiosidad le ha dado suerte, se ha llevado con él a Bárbara, la pobre cree lo mismo que Ale, que continúan aquí, en el mundo vivo.
     Tendré que quedarme a su lado, viendo si es posible que los fantasmas puedan enamorarse. Esperando el día en que los dos se marchen a la casa, más allá del sol.



                               *Ilustración o fotografías, próximamente* 


                              

                              Texto: Noodle Kattepón Váiz (Vakn)